Mil piezas.

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Mil piezas.

Categoría: 25 N , Articulo

Recuerdo crecer entre nubes de algodón de azúcar y bonitos vestidos.

Recuerdo la sonrisa de mi madre y su mano acariciando mis mejillas.

Recuerdo los dulces besos que mi padre me daba en la frente cuando volvía de trabajar.

Las vacaciones de verano en el pueblo rodeada de mi familia: los achuchones de la abuela, los chistes raros del abuelo, los ronquidos de mi primo Germán, las largas caminatas por el monte y la luz del sol sobre la piscina cada atardecer.

Recuerdo los clientes de mi padre, hombres prestigiosos y trajeados a los que imaginaba en el parque con sus familias: sus dulces mujeres y sus bellas hijas.

Cuando tenía 10 años no conocía la palabra estereotipo, tampoco sabía lo que era la desigualdad. Ni mucho menos el rol que jugaba yo por ser mujer. Simplemente me parecía que todo el mundo era tan feliz como, en ocasiones, lo era yo también. Adoraba las películas con finales felices y estaba segura de que el mío también sería así.

Me veo a mí misma tumbada en un jardín enorme, con el sol de mediodía iluminando mi cara. Me imagino riéndome a carcajadas, disfrutando de mi vida, disfrutando de mi familia, de mi madre…

También recuerdo como todo cambió.

Recuerdo los gritos de mi padre y los sollozos de mi madre. Recuerdo los moratones y cómo tenía que ayudarla a cubrirlos. Lo necesario que era que yo guardase silencio y no contase nada de lo que sucedía en mi casa a los de fuera.

Recuerdo a mi padre encima de mi madre mientras ella lloraba y le suplicaba que parase.

Recuerdo el último golpe de mi padre y la sangre de mi madre en los zapatos nuevos del colegio.

Recuerdo la rabia, la impotencia, el dolor, las lágrimas…y a muy duras penas, su voz.

(…)

¿Os imagináis cuantas niñas y niños habrán vivido una historia como esta?

Este año son 111 las mujeres que, en este país, han sido asesinadas a manos de su pareja o expareja. Y sí, digo 111 porque cuando un juez no emite un resultado favorable para una sentencia de violencia de género, no significa que no la haya, sino que la justicia de este país sirve a verdugos en lugar de a víctimas.

Ayer, 25 de Noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género, se produjo un asesinato más en nuestro estado. Otro doloroso adiós que deja atrás una familia rota por la ausencia de una forma de amar sana, libre de agresiones y de miedos.

Ayer, como todos los 25 de noviembre, acudimos en Gijón al Parque de Begoña para honrar a todas las mujeres que han sido asesinadas durante el último año, un acto muy emotivo en el que cientos de personas se consagran para escuchar una última vez sus nombres.

Esta mañana, el ciclo de la violencia de un estado que permanece ausente ante los gritos de miles de personas que piden el fin de esta masacre, nos golpea de nuevo. Un acto simbólico que azota y revictimiza a todas las mujeres asesinadas, a todas las que estamos en pie. El árbol donde se cuelgan los nombres de ellas ha sido destrozado a manos de personas insensibles que niegan la realidad.

Una de las pintadas que acompañaban este acto de vandalismo rezaba “la violencia no tiene género”. Pero si lo tiene. Lo tiene porque una sociedad que sigue oprimiendo a mujeres en cualquier parte del mundo por el simple hecho de serlo es una sociedad que juzga y ajusticia en base a su propio criterio. Es por ello que debemos seguir luchando para que la equidad sea real entre mujeres y hombres. Para que se extinga cualquier tipo de actitud machista, violenta.

Ojalá llegue el día en el que ninguna de estas historias se repita y en el que podamos ver el 25N como algo obsoleto. De momento solo podemos continuar con nuestra lucha por una sociedad libre de agresiones machistas.

YO POR ELLAS MADRE, ELLAS POR MÍ.

Ilustración de Sara Chana.

 

Aridane Cuevas Rodríguez.


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